La vida entre dos mundos

Comencé mi andadura en consultoría hace ya cerca de tres años. Entre semana me visto de consultor pero en mis ratos libres me gusta ir a perder la cobertura, ya sea en medio del monte, a 4000 metros de altura o en medio de una isla. Entre semana me dedico a arreglar incidencias, hablar con el cliente, mandar correos o crear chats de conversación, pero en mis ratos libres me gusta rodearme de cabras, ciervos o gigantes de roca.

Entre semana me calzo los zapatos pero en mis ratos libres llevo zapatillas de Trail, botas de montaña, piolet, casco y arnés. No es tarea fácil con un trabajo que, en ocasiones, te ocupa tanto tiempo; un tiempo que es necesario encontrarlo entre semana para poder hacer las cimas más altas de España, para terminar una carrera de 115 km, para participar en un medio Ironman o para concatenar cuatro “cuatromiles” hasta llegar a la cima que dio nombre al alpinismo: el Mont-Blanc.

Al comenzar las prácticas no quería dejar de hacer deporte diariamente. Contando con que tengo hora y media de ida y vuelta y nueve horas de jornada laboral como poco, me quedaban 13. Sumando que se recomienda descansar ocho horas, sólo contaba con cinco horas al día. Así que decidí levantarme a las seis de la mañana para salir a correr. Parecía una locura pero ya había leído en un libro de Haruki Murakami que era posible. Así que decidí intentarlo. Nunca pensé que comenzase en everis como lo hice. La motivación y la filosofía que usaba en el deporte la intentaba llevar a cabo en el trabajo. Y pronto pasé de ser el chico en prácticas a comenzar a recibir el feedback de la confianza que generé en mis compañeros. Pronto me sentí cómodo en un proyecto que difícilmente podrá superar en dureza y disfrute.

Cuando comencé en mi cliente éramos pocos, una pequeña familia, así que pronto se corrió la voz de mis horarios de entrenamiento cuando todos dormían. El segundo año fue más difícil seguir el ritmo de entrenamientos por la mañana, y empleaba la hora de la comida para salir a correr y darme una ducha en el vestuario que hay en la zona del parking. Los fines de semana libres los usaba para desconectar. Tanto que me podía ir horas al monte de la sierra de Madrid a buscar las rutas más increíbles. Era algo que llevaba tiempo haciendo hasta que descubrí las carreras de montaña. Ese año me consolidé como programador perfilándome a dar el salto a la siguiente categoría. Además conseguí mi segunda maratón participando como empleado de everis y entrando en meta con la camiseta de la empresa.

El tercer año se puede dividir en dos. En la primera mitad, los entrenamientos fueron casi nulos por lesiones y por la asignación de proyectos. No sólo llevaba las tareas de mi puesto, sino que ayudaba cuando terminaba mi jornada a otro proyecto ajeno por proximidad a los compañeros en los que estaban en él. Aun así, con el tobillo lesionado y sin poder haber entrenado lo suficiente, terminé una de las carreras más bonitas y duras del mundo: la Transvulcania, recorriendo el “bastón de La Palma”, una ruta de 78 km con un desnivel positivo de 4.191 metros. Normalmente los senderistas lo hacen en 4 – 5 días, pero esta carrera se hace en un máximo de 18 horas. Cuando el proyecto se estabilizó, volví a los entrenamientos y aproveché todo lo que no pude hacer el medio año atrás. Subiendo Mulhacen (3.478m), Teide (3.718m), Monte Perdido (3.355m), Garmo Negro (3.064 m),  Veleta (3.395m), Torrecerredo (2.648m) y corriendo la joya de la corona: la Hiru Haundiak, una carrera por las tierras de Euskadi de 100 km y 5.000 metros positivos empezando a las 12 de la noche y terminando a las 7 y media de la tarde del día siguiente. Todo ello pudiendo poner el broche de oro al año dando el salto a analista.

El año comienza como cualquier otro. Con el objetivo de aprender, disfrutar y consolidar la nueva categoría en la que estoy. Porque cuando me llevan a una sala y me explican el nuevo proyecto ganado es como cuando consigo la inscripción a una carrera. Y el día de implantación a producción es como cuando pincho mi camiseta con cuatro imperdibles para colgarme el dorsal de la carrera que he estado entrenando tanto tiempo. Siempre encontrando tiempo para seguir buscando los límites deportivos corriendo el Gran Trail de Peñalara (115 km y 5100 metros positivos) y el medio Ironman de Barcelona (esta prueba recaudando fondos para la investigación del cáncer infantil y que puedes ver aquí).

En conclusión, si hay algo que te gusta, más vale que des el 110%. No somos lo que hacemos, somos lo que dejamos de hacer. Me siento contento haciendo una travesía sobre hielo que me lleva hasta la cima del pico Veleta, y me siento contento terminando un proyecto que el día que comenzó, todos los que estamos en la sala nos mirábamos sabiendo que era imposible. Además, ni me siento capacitado para decir no a un imposible, ni tengo el don del tiempo para dejarlo en manos del futuro. Acepto un fracaso, no acepto no intentarlo.

Javier González Araújo, Analista en everis. Contacta con Javier vía Linkedin.

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