Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia

Hace unos meses tuve la ocasión, junto a mi familia, de visitar Kenia. Era un viaje con el que habíamos soñado mucho tiempo y que, finalmente, pudimos llevar a cabo. El viaje no solo fue interesante por las impactantes imágenes que nos llevamos en la retina de paisajes y animales, sino también, y casi me atrevo a decir que especialmente, por la cantidad de vivencias que nos llevamos de las gentes que habitan allí y que nos dieron muchas lecciones de vida.

Una de ellas fue la historia de Rakita y Monwüi, hermanos dentro de una familia muy numerosa. Un día su padre reunió a los hermanos mayores y les pidió que levantaran la mano los que quisieran ir a la escuela, frente a los que preferían quedarse con él al cuidado de los animales.

Nadie levantó la mano, sencillamente porque eso suponía alejarse de la familia e irse a una ciudad lejana, sin poder ayudar en lo que ir realmente necesitaba la familia. El padre decidió hacer dos grupos: los que creía que eran los más espabilados, y los que pensaba que tendrían menos probabilidades de prosperar.

Al primer grupo, donde estaba Rakita, les recompensó con quedarse al cuidado de los animales. Él estaba feliz, porque sabía que aquella decisión era sinónimo de que su padre le creía en el grupo de los listos. A Monwüi, sin embargo, le “condenó” al ostracismo de un colegio interno y de la vida en la ciudad. “No soy de los listos”, supongo que pensaría.

En nuestro viaje a la Masai Mara, famoso parque al sureste del país, conocimos a Rakita. Él se quedó, hace ya muchos años,  en el grupo de los “afortunados” cuidando de los rebaños de cabras del poblado, cerca de sus padres, viviendo muchas noches entre matorrales al aire libre, al acecho para que ningún leopardo, león o cualquier otro depredador, pudiera atacar o debilitar al rebaño.

Nos contó su historia, cómo lo que él creyó que fue un golpe de suerte, se había convertido en todo lo contrario. Su hermano Monwüi fue al colegio, luego a la universidad, tuvo una beca en Inglaterra y, finalmente, era el director del mejor lodge de toda la reserva de Masai Mara, uno de los parques más reputados de Kenia y del mundo.

Pero en algo tenía razón su padre: Rakita era de los más listos, con lo que no se conformó, no maldijo su suerte, no se quedó justificando su situación con excusas y lanzó iniciativas para cambiar, para mejorar. Empezó a estudiar inglés de forma autodidacta en sus contactos con turistas, oyendo la radio, leyendo folletos informativos y guías turísticas…

Esto le permitió, después de 5 años, poder tener el nivel suficiente para ser guía y, con  ello, cambiar su calidad de vida y las posibilidades de futuro de su familia. A la vez se hizo pastor ayudando a su comunidad a mejorar con proyectos para cultivar más eficientemente, hablar inglés, escolarizar todos los niños que fuera posible…

Las lecciones de cambio, y de vida, de Rakita son muchas:

- El contexto personal marca de dónde vienes y hasta dónde has llegado.

- Todos podemos cambiar nuestro contexto con las dosis apropiadas de coraje, determinación y confianza en nuestras capacidades.

- La cultura del esfuerzo y no gestionar nuestras circunstancias con excusas, sino con medidas masivas de cambio.

Como le dije cuando nos fuimos de allí: ¡Gracias por la lección que nos has dado!

Juan Yañez, CEO de everis Américas

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