La transformación psicológica

Dentro de la familia semántica del término “transformación” podríamos incluir otros como “evolución” o “progreso”; personalmente prefiero el término “transformación”, porque transformación presupone una forma. Implica que tratamos de modelar nuestra persona según una imagen definida y determinada; intentamos hacerlo conforme a algo que ya hemos visto en nuestra mente. Evolución es una metáfora del desarrollo simplemente automático; una especie evoluciona adaptándose a su entorno, mecánicamente, sin seguir ningún plan predefinido. Progreso es una metáfora del simple andar a lo largo de un camino, es ir atravesando etapas y completando un recorrido. Pero transformación es una metáfora para hombres y mujeres conscientes y decididos: significa que vemos algo fuera de forma y queremos ponerlo en forma. Y además sabemos en qué forma.

En definitiva, transformándose, la persona intenta encarnar un ideal de ser humano; cada persona busca su propia forma de ser, una en la cual pueda sentirse cómoda y al mismo tiempo desarrollar al máximo sus potencialidades.

Pero, ¿es posible esta transformación? ¿Es posible el cambio psicológico? En consulta es  frecuente encontrar pacientes muy escépticos en este punto;  gente que lleva toda su vida intentando “no saltar a la primera”, controlar mejor su ira; personas “que se lo callan todo”, que no se atreven a decir lo que en realidad quieren, que no han aprendido a ser asertivas; o simplemente personas que llevan años insatisfechas consigo mismas y con el mundo que les rodea. Este escepticismo es comprensible pero la respuesta es afirmativa. La transformación psicológica no solo es posible, es inevitable. Apenas nos acordamos del niño a quién había que desalojar a rastras de una juguetería o que montaba en cólera delante de un plato de verdura; se nos ha olvidado el adolescente que tenía miedo a hablar en público o simplemente con una persona del sexo opuesto. Hemos cambiado y mucho, pero, ¿cómo se produce esta transformación? ¿Es posible dirigirla?

Los niños más pequeños, ante todo, tienen los ojos abiertos y miran al mundo; cuando por primera vez, ven moverse un tren a toda velocidad, es como si vieran un dragón escapado de un cuento. Toda su atención se dirige a un mundo nuevo, desconocido y alucinante, del que hay que empaparse rápidamente. Poco a poco van conociéndolo, encuentran regularidades: por la noche hay que dormir, obedece o te castigarán, etc… Pero el niño pequeño se presta poca atención a sí mismo. Se podría decir que es “egoísta”, porque lo quiere todo y lo quiere ya; pero no es narcisista, lo que desea es externo a él, son cosas relativas al mundo. En esta etapa los motores principales del cambio son la maduración biológica y la educación: premios, castigos y ejemplos que modulan su comportamiento.

Es más adelante, al final de la infancia, en la pre-adolescencia y sobretodo en la adolescencia, cuando el niño descubre que en el mundo hay un objeto peculiar, distinto y trascendental; ese objeto es él mismo. Hay alguien que pulula por el mundo y que responde a su nombre y apellido. Es entonces cuando surge la temible pregunta: ¿cómo soy yo? La respuesta a esta pregunta ocupará la adolescencia. ¿Soy bueno o soy malo? ¿Soy listo o soy tonto? ¿Soy guapo o soy feo? ¿Soy gracioso?, etc. La respuesta a alguna de esas incógnitas hará que al adolescente “le suden las manos “ y eso no es sólo una vulgar metáfora. En el fondo, lo que ha sucedido es, que fruto del desarrollo de la capacidad de abstracción, el adolescente ha construido todo un aparato conceptual que le permite juzgarse; en otras palabras, ha desarrollado ideales en los que desea encajar, formas mentales que le invitan a transformarse. He aquí un nuevo motor de cambio y al mismo tiempo una posible fuente de problemas y sufrimiento; no en vano, nuestra autoestima va a depender de esto.

El principal motivo por el que los ideales pueden ser perjudiciales es que al ser creaciones adolescentes, casi infantiles, pueden ser demasiado simples, rígidas y dicotómicas, es decir, de todo o nada. Al principio idealizamos a lo grande, puede que queramos ser algo parecido a Superman  pero no somos superhéroes; vamos directos al fracaso y a la frustración. A menudo construimos un ideal en el que toda la gente que nos importa siempre nos quiere, en el que nunca desfallecemos ni fallamos, en el que si alguien nos hace daño siempre sale perdiendo, en el que nunca hacemos el ridículo, en el que todo el mundo es justo con nosotros.

Para que los ideales sean motores de transformación y nos mejoren, lo primero que hay que transformar son los ideales mismos. Quizá esa es la principal diferencia entre una persona madura y una que no lo es. Un ideal adulto es realista, flexible, motivador y atractivo, pero al mismo tiempo asequible. Un ideal demasiado elevado hace que lo veamos inalcanzable y no nos motivará. Uno demasiado rígido nos hará intolerantes con nosotros mismos y con los demás. Si fallamos en el proceso de emprender algo, no nos lo perdonaremos y lo abandonaremos, seremos inconstantes. Lo rígido es duro pero si se rompe lo hará en mil pedazos, lo flexible acusa el golpe pero siempre recupera su forma.

Pese a todo, el ser seres capaces de construir ideales nos faculta para darnos forma a nosotros mismos, para construirnos. Sin ellos seríamos seres estáticos y conformistas, ávidos de satisfacciones inmediatas y puramente hedonistas; desconoceríamos el placer que proporcionan las recompensas a largo plazo, más difíciles de conseguir pero que aportan una felicidad más profunda y duradera.

Martín Sánchez Brezmes Martín Sánchez Brezmes, psicólogo clínico, puedes contactar con Martín a través de Linkedin.

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