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Todo lo que la tecnología puede hacer por los mares

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28 de septiembre de 2018

La contaminación de los océanos no es un problema reciente, sino que afecta de manera preocupante al medio marino desde hace varias décadas. Según UNESCO, en 1977 ya se identificaban los metales pesados, los productos químicos sintéticos, los hidrocarburos del petróleo, los radionúclidos y los desechos sólidos como las sustancias contaminantes más presentes en los océanos. Durante los últimos años la tendencia ha cambiado mucho, en especial por la inclusión de los plásticos en la lista, ya que actualmente suponen un 80% de la contaminación marina. Aun así, los vertidos de hidrocarburos siguen siendo uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos en materia de polución marina.

La producción de petróleo está en su punto más alto para mantenerse al día con las necesidades de la población. En consecuencia, los ecosistemas marinos están siendo destruidos debido a la contaminación del agua por los derrames del mismo. Actualmente, cuando se produce un accidente de un buque o plataforma marina todos nos enteramos por los medios de comunicación, aunque hay que resaltar que los accidentes de petroleros son solo una pequeña parte del total de hidrocarburos que llegan al océano. Se ha estimado (OCEANA, 2003) que, cada año, entran en el mar 3.800 millones de litros de hidrocarburos, equivalente a 1.500 piscinas olímpicas, que se reparten de la siguiente forma:

Si nos centramos en el plástico, hay que resaltar que se ha convertido en el elemento de desecho más común que encontramos en el océano. Es perjudicial para el medio ambiente ya que no se descompone fácilmente y con frecuencia es confundido por los animales marinos con posibles alimentos. En algunas regiones, las corrientes oceánicas arrastran billones de objetos de plástico en descomposición y otros residuos hasta formar remolinos gigantescos de basura. Uno de ellos, situado en el Pacífico septentrional y conocido como el “Gran Parche de Basura del Pacífico”, tiene una extensión que, según las estimaciones publicadas en 2018 por Scientific Reports, alcanza un tamaño de 1,6 millones de km2, más del triple de la superficie de España. Además, en los últimos años la comunidad científica se ha dado cuenta de que, con el tiempo, los plásticos van haciéndose trozos más y más pequeños hasta ser invisibles. El problema entonces es que pueden entrar en la cadena trófica, provocando problemas a los organismos que los ingieren y a todos aquellos que se alimentan de ellos, entre ellos los seres humanos.

Siendo pragmáticos, hay que tener en cuenta que además de dañar el medio ambiente, la basura marina causa perjuicios económicos a actividades como el turismo, la pesca y el transporte marítimo. Por ejemplo, el coste para el sector pesquero de la UE se calcula en más del 1 % de los ingresos totales procedentes de las capturas realizadas por la flota de la UE (Estrategia Europea para el Plástico en una Economía Circular).

Los plásticos suelen llegar como residuos sólidos al mar (según Greenpeace, hasta 12 millones de toneladas de plástico entran cada año en nuestros mares a nivel mundial, lo que supone el 80% de la contaminación marina) y allí, tras un proceso de degradación, se convierten en microplásticos (tamaño inferior a 5 mm). Los microplásticos también se generan como tal de manera directa procedentes de diferentes fuentes, la industria cosmética, de pinturas, de neumáticos, textil y de pellets, entre otras.

Para evitar la polución la mejor receta es no verter contaminantes a los mares, aunque también hay que pensar cómo eliminar los que ya existen. Para los grandes plásticos flotantes la forma más lógica de recogerlos es la mecánica, para lo que hay que utilizar grandes buques que los retiren. Es destacable la iniciativa de Boyan Slat, un joven emprendedor fundador de The ocean cleanup, que con una tecnología de bajo coste muy ingeniosa pretende ayudar a concentrar esos plásticos y facilitar su recogida masiva. También existen iniciativas más pequeñas en nuestras costas como la llevada a cabo por las cofradías gallegas que durante los últimos cuatros meses han recogido cerca de dos toneladas de residuos en el mar.

Para intentar frenar el vertido de plásticos, la Comisión Europa ha creado la Estrategia Europea para el Plástico en una Economía Celular (2018). Esta estrategia se plantea reducir la generación de residuos plásticos que llegan a los océanos, se incineran (incrementando el efecto invernadero) o se depositan en los vertederos. La Unión Europea apoya la estrategia de los plásticos con dinero, habiendo invertido este mismo año 14,5 millones de euros que se dedican a la Sustainable Blue Economy para acelerar la política marítima europea en relación con los microplásticos.

Por otra parte, la iniciativa europea H2020 financia el proyecto CLAIM, un consorcio de 19 instituciones que pretenden introducir tecnologías verdes innovadoras para los mares semi-cerrados como el Mediterráneo y el Báltico. El objetivo es evitar que la basura plástica ingrese al mar. Para ello se han planificado intervenciones en dos de los principales puntos de origen: las plantas de tratamiento de aguas residuales y las desembocaduras de los ríos. En el caso de las plantas de tratamiento se está desarrollando un dispositivo automático de limpieza que permite filtrar hasta los microplásticos, mientras que en las desembocaduras de los ríos se colocarán de forma estratégica una serie de brazos flotantes equipados con cámaras para monitorear la recolección de basura flotante visible y evitar que dichos residuos entren al mar.

También hay que pensar en lo que podemos hacer nosotros para evitar la contaminación. En primer lugar reducir el consumo de grandes plásticos, bolsas envases, etc. En relación con los microplásticos, ya se han creado aplicaciones como Beat the Microbead, que lee los códigos de barras de los productos detectando cuáles los tienen.

La eliminación de los microplásticos es muy complicada ya que es un material difícilmente degradable, pues sólo determinados organismos pueden llevar a cabo su descomposición. Desde ese punto de vista hay que celebrar la investigación de científicos de la Universidad de Aveiro (Portugal), quienes han descubierto un hongo marítimo que podría ser clave en su eliminación de los océanos. Se llama Zalerion maritimum y degrada el microplástico de forma rápida y eficiente: aislado en laboratorio en un ambiente similar al del mar contaminado con microplásticos, en siete días es capaz de reducir el 77% de ese material.

Con respecto al petróleo, existen sistemas innovadores que permite tratar aguas y suelos contaminados por hidrocarburos obviando la mayor parte de los costos de los método convencionales de tratamiento. Por ejemplo, un sistema innovador consiste en una unidad de control que envía pulsos de electricidad de un determinado voltaje creando un campo electrokinético. Los pulsos de voltaje crean reacciones redox por las que se forman radicales de oxígeno e hidroxilo que, a su vez, oxidan y fraccionan las cadenas y anillos de hidrocarburos en moléculas más ligeras y generan, en última instancia, dióxido de carbono y agua como productos finales.

También destaca Bio-Cleaner, un robot flotante y autónomo que utiliza bacterias para separar el agua del petróleo. Este desarrollo utiliza los biosensores con los que cuenta para rastrear los vertidos de petróleo y, una vez detectados, libera las bacterias capaces de degradar el combustible. Su diseño le permite llegar a casi cualquier lugar y, además, emite sonidos que mantiene a los animales alejados e impide que queden atrapados en el vertido.

Asimismo, es interesante citar dos sistemas innovadores de tipo biológico como las almejas, producidas mediante acuicultura, o los hongos. Estas soluciones naturales conllevan más tiempo pero permiten purificar grandes cantidades de agua utilizando su capacidad filtradora y enzimática.

La ONU también ha tomado la iniciativa para la protección de los océanos. Los países miembros iniciaron el 5 de septiembre de 2018 las negociaciones para crear un tratado internacional que proteja la biodiversidad en alta mar, un proceso que pretenden concluir en 2020 y con un instrumento jurídicamente vinculante.

El objetivo último es pactar un tratado que garantice la protección medioambiental en las aguas internacionales, que suponen más de dos tercios del total de los océanos y que son compartidas por todos los países. Esas zonas, también llamadas de alta mar, abarcan las aguas situadas a más de 200 millas marinas de la costa y actualmente concentran un gran número de actividades como el tráfico marítimo, la pesca o el vertido de hidrocarburos procedente de la limpieza de aguas de lastres de los petroleros, estando en la actualidad desprotegidas.

En resumidas cuentas, el problema de la contaminación de los océanos se está agudizando no solo por la cantidad de sustancias contaminantes que se vierten, sino también por la naturaleza de dichos vertidos. Para solucionarlo, actualmente se están desarrollando nuevas tecnologías de las que hemos dado una pincelada en este post, pero hay que tener en cuenta que, aunque el trabajo es muy encomiable, por sí solas no son capaces de hacer frente a los volúmenes actuales de polución. La solución más efectiva es reducir el aporte de contaminantes, para lo cual es necesario actuar a distintos niveles: internacional, a través de organismos como las Naciones Unidas o la Unión Europea, los gobiernos o instituciones con competencias en cada país y, por supuesto, cada persona. Muchos pequeños esfuerzos tienen en un gran efecto en el mantenimiento de unos océanos limpios.

Para saber más

Estrategia marina de España, el caso de los microplásticos

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