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Desarrollo y mantenimiento IT. Nos empeñamos en tener la vaca en el jardín.

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Desarrollo y mantenimiento IT. Nos empeñamos en tener la vaca en el jardín.

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27 de junio de 2011

La informática es una ciencia joven y tiene mucho que aprender de otras ingenierías. Veamos qué podemos extraer de un ejemplo sencillo. ¿Qué ha hecho posible que en el mundo desarrollado el acceso a un alimento como la leche sea universal, barato y con una calidad elevada? ¿Cómo ha evolucionado la industria láctea desde la vaca en el jardín a producir masivamente y de forma predecible?

Como buenos técnicos, enseguida pensaremos en aspectos clave de la industrialización de la producción: especialización de funciones, automatización, mejora de los procesos, etc. También en el desarrollo y mantenimiento de aplicaciones informáticas, con la aplicación de modelos de mejora continua, estamos avanzando en esos ámbitos, pasando gradualmente de hacer artesanía a hacer ingeniería. Sin embargo, hay otros aspectos menos evidentes, en los que el avance no es tan claro; por ejemplo, la definición clara del producto que se intercambia, o la separación entre el cliente y el proveedor.

Cuando vamos al supermercado a por un litro de leche tenemos muy claro lo que podemos esperar. Esto favorece la expansión del mercado y la competición entre diferentes proveedores. Desgraciadamente esa definición del producto que se intercambia es mucho más complicada en el mundo de la tecnología. No hay definiciones estándar y extendidas sobre qué significa desarrollar o mantener una aplicación informática: ¿cómo sé lo que puedo esperar del proveedor?; ¿cómo valoro la complejidad de ese producto?; ¿cómo se compara lo que yo pido con lo que piden/ofrecen otros actores del mercado?

Cada cliente debería comenzar por establecer un modelo que defina con claridad el producto que pide, y aplicarlo a las interacciones con todos sus proveedores. Este modelo debe ser sencillo, estable y objetivo. Con un modelo simple (por ejemplo, basado en número y complejidad de programas), puede que no consigamos compararnos con otras organizaciones, pero daremos un paso importante para medir los avances en productividad, comparar unas áreas (y/o proveedores) con otras, simplificar la gestión y fomentar la separación cliente-proveedor.

La separación clara de funciones entre cliente y proveedor fue clave en la revolución industrial, porque permitió una agrupación de la demanda y el paso de la producción desde los talleres artesanales hacia las fábricas. En nuestro ejemplo, pasamos de tener la vaca en nuestra casa (o en la del vecino) a comprar la leche que proviene de una granja especializada.

Esta separación conlleva un elemento clave en la mejora de la producción: el proveedor tiene un estímulo económico muy claro cuando innova o mejora sus procesos. Si produce el doble de leche, gana el doble de dinero. Así, el proveedor dedicará un esfuerzo e inversión relevantes a mejorar su productividad. A medio plazo, la producción crece y los precios del mercado en su conjunto tenderán a bajar.

En muchas de nuestras organizaciones de tecnología comenzamos a creer en la especialización y en la separación cliente-proveedor, y confiamos a empresas externas la realización de una función concreta de nuestro modelo de desarrollo y mantenimiento. Sin embargo, en muchos casos, el cliente quiere seguir ejerciendo un control directo sobre lo que hace el proveedor, cuántas personas tiene y cómo produce.

En definitiva, el cliente quiere controlar y absorber las ganancias de productividad que pueda conseguir el proveedor, y de esta manera elimina el incentivo a la innovación. Aceptamos que la vaca no sea de nuestra propiedad, pero queremos seguir teniéndola en nuestro jardín, para poder echarle un ojo a cuánta leche produce. No nos damos cuenta de que de esta forma desincentivamos cualquier avance relevante en los métodos de producción.

¿Tiene sentido seguir manteniendo a los proveedores de IT en nuestro jardín?

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