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La tecnología en su encrucijada

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La tecnología en su encrucijada
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10 de mayo de 2018

La tecnología, sobre todo la que tiene un marcado carácter digital, ha propiciado en la última década un cambio acelerado en distintos usos y actividades sociales. Por poner un ejemplo, Facebook, con sus más de 2000 millones de usuarios, es la “nación” más poblada del mundo; de hecho, si fuera un país, casi uno de cada cuatro humanos viviría allí. En ocasiones, estas cifras no nos dejan entender las implicaciones que tiene el contar con información, adecuadamente perfilada y almacenada, sobre cómo se relacionan millones de personas. Un hito que no anticipamos y que ha impulsado lo que hoy conocemos como Data Science.

En lo que respecta a nuestras acciones cotidianas en las ciudades (no olvidemos que según la ONU desde el 2014  la mayoría de la humanidad vive en núcleos urbanos y se espera que, en el 2050, llegue a dos tercios de la población), se ha hecho común que utilicemos servicios alternativos al taxi para nuestros desplazamientos, como puede ser Uber, que no es “perseguido”, o Cabify en España y algunas ciudades latinoamericanas. De igual manera, el negocio de la mensajería o el reparto de comida a domicilio se han popularizado con plataformas como son Glovo o Deliveroo. En todos estos casos, hay un factor coincidente: el concepto de plataforma. Estas empresas operan sistemas que permiten poner en contacto a gente que quiere ganar un dinero extra repartiendo, conduciendo o entregando y, por otro, a grandes comunidades de usuarios que acceden a dichas plataformas desde sus móviles. En el centro de todo, ingentes cantidades de datos que fluyen y que, se supone, se tratan con el debido cuidado y son la consecuencia lógica de explotar lo que la sociedad de la información nos permite.

Finalizando este repaso, merece la pena destacar como esta economía de la colaboración ha transformado la cara del turismo. Hoy por hoy ir a una agencia de viajes es algo que parece sacado del jurásico, o al menos esa es mi sensación cuando le comentas a un joven la forma en la que gestionabas tus vacaciones hace no tanto años. Una ve más, el concepto de plataforma se impone tanto en la gestión de reservas Expedia, Booking, etc., como en la gestión de apartamentos, cono por ejemplo, Airbnb.

Hasta aquí algo que ya conocemos y que es parte de la visión tecno-optimista de la tecnología y su impacto en la sociedad. En otras palabras, tenemos más amigos porque estamos en Facebook, viajamos más gracias a la optimización de las reservas, encontramos mejores alojamientos gracias a propietarios que quieren un dinero extra, la movilidad se abarata en detrimento del Taxi, etc. Esta es la cara positiva, sin embargo, nada es gratis y cualquier cambio que afecta a las dinámicas socioeconómicas tiene sus externalidades o sus costes no adecuadamente distribuidos.

Si nos fijamos en estos aspectos no tan positivos, en los últimos meses encontramos distintos ejemplos que, como poco, llevan a la reflexión. Por ejemplo, los “riders” de Deliveroo pararon en julio pasado o, recientemente, el diario El País se hacía eco de la precariedad de la economía colaborativa, en la que el empleado no tiene derechos debido a que  estas empresas no les consideran empleados: son un agente más de su “plataforma”. Algo parecido ocurre con un sector muy regulado como el taxi. Los taxistas pagan numerosos impuestos y usan este hecho como argumento contra Uber, Cabify y similares. Es cierto, nuestro estado del bienestar, que nadie duda en querer preservar, se sostiene gracias a una fiscalidad progresiva y, diría que implacable para particulares y empresas. ¿Está nueva economía de la colaboración nos puede hacer ir para atrás en derechos y conquistas sociales? Sinceramente, lo que ofrecen estas nuevas empresas no es un trabajo como lo entendemos y debemos de pensar cuidadosamente en si estos cambios nos hacen ir un paso para adelante y dos para atrás.

Siguiendo con esta visión más tecno-pesimista debemos preguntarnos qué ocurre con los datos. Hasta ahora, los economistas nos decían que el mundo necesitaba dinero y energía para funcionar. El dinero nos lo “fabrican” organismos altamente regulados: los bancos centrales. La energía, ya lo sabemos, es fuente de inestabilidad y motor de las tensiones geopolíticas. Ahora irrumpe un nuevo factor: los datos. De nuevo desde la prensa nos llegan titulares inquietantes, el diario ABC en enero titulaba: “Google, Facebook, Amazon y Apple tienen el poder absoluto en la información digital”. Citando a Lord Acton, si el poder corrompe el poder absoluto corrompe absolutamente. Hay que pensar dos veces sobre el tema, las fluctuaciones monetarias arruinan países y crean incertidumbre, pero nos hemos dotado de organismos como el Fondo Monetario Internacional. En el sector de la energía, lejos de cierta armonía, con la OPEP por un lado, y Rusia y sus presiones con el precio del gas o las disputas entre Irán y Arabia Saudí, por otro. Sinceramente, nos olvidamos de los datos.

Los datos son clave; en un futuro muy cercano creo que nos pagarán por ello. Sin datos, ingentes cantidades para ser más preciso, el machine learning no funciona y, como sabemos, esto es la clave de la Inteligencia Artificial, más o menos limitada, que hoy está tan de moda. De hecho, numerosos analistas señalan a China como el futuro líder de este campo por, entre otros factores, el amplio grado de digitalización de amplios segmentos de su población y, como consecuencia, el acceso a una avalancha de información.

Estas incertidumbres están llevando a que algunas voces pidan regulación, control y, como todos los movimientos pendulares, parece que debemos de encerrarnos en nuestras casas y tirar por el retrete nuestro diabólico smartphone. Un ejemplo curioso es la propuesta de ley en Estados Unidos para que el secretario de comercio cree un comité sobre el tema, paso previo a un regulador. Al final, el escándalo del uso fraudulento de datos de Facebook por parte de una consultora, Cambridge Analytica, y su aplicación en campañas como la presidencial de Donald Trump o el Brexit, ha sacudido los cimientos. No podemos permitir que la ingenua compartición de información al usar los servicios que nos dan los gigantes de la redes se ponga al servicio de los malos (recordemos la avalancha de “fake news” generadas por hackers rusos) y sirva para socavar nuestras democracias.

Entonces, la cuestión es ¿dónde está el equilibrio?  Sinceramente no lo sé, creo que hemos ido demasiado lejos y sido demasiado confiados. Acontecimientos políticos de los últimos años solo se explican desde una manipulación masiva, donde las redes han mostrados su cara oscura. Cierta regulación y sentido común es necesaria para que el futuro que la tecnología nos permite no se construya deshaciendo los valores que hemos tardado siglos en conquistar y aplicar en las sociedades democráticas. No es momento para miedos, sino para la prudencia y la reflexión, en una era de la historia en la que los datos masivos se convierten en un activo con la capacidad de tumbar gobiernos.

La tecnología de carácter digital y motor de la colaboración se encuentra en una encrucijada. No se pude seguir como hasta ahora, sin ciertos controles y supervisión pero lo que no debemos es coartar la innovación. Es más lo que tenemos que ganar si aprendemos a hacer un uso virtuoso de las posibilidades que se nos abren. Sí, yo soy tecno-optimista.

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